Yo me resistí al principio, como buen viejo testarudo que se enorgullece de no entender estas cosas modernas. Le dije que eso era para jóvenes, que yo no sabía manejar esas páginas, que iba a hacer cualquier cosa mal y me iban a robar los datos, que para qué complicarme la vida. Pero Valentina es insistente, y cuando se le mete algo en la cabeza no hay quien la haga cambiar de opinión. Me mostró su teléfono, me explicó todo con paciencia, y antes de que pudiera seguir poniendo excusas, ya había creado una cuenta en
https://vavada.solutions/es/, usando mi correo de Hotmail que apenas reviso dos veces por semana porque me olvido la contraseña. Me enseñó cómo funcionaban las tragamonedas, cómo se depositaba dinero, cómo se retiraba si ganaba. Y lo más importante, me hizo prometerle que jamás jugaría más de lo que estaba dispuesto a perder, que pondría un límite semanal, que no me obsesionaría con recuperar las pérdidas. Me hizo jurarlo por la memoria de Elena, y créanme que un hombre de mi edad no jura en vano por la memoria de su esposa muerta.
Las primeras noches fueron un desastre. No entendía la mitad de las reglas, apretaba los botones equivocados, confundía los símbolos de los juegos y ni siquiera sabía bien cuándo había ganado o perdido. Me frustré, me enojé conmigo mismo, estuve a punto de abandonar todo y volver a mirar el techo como hacía antes. Pero algo me retuvo. Era la sensación de que por primera vez en dos años, tenía algo que esperar con ansias después de la cena. Ya no me acostaba temprano por falta de nada mejor que hacer. Me sentaba en mi escritorio, donde antes pagaba las cuentas y escribía cartas que nunca enviaba, y me conectaba un rato. Al principio solo una media hora, después una hora, después lo que durara hasta que el sueño me venciera y tuviera que rendirme porque los ojos se me cerraban solos.
Con el tiempo, empecé a entenderle la mano a esto del juego online. Descubrí que las tragamonedas eran lo mío, especialmente esas que tienen temáticas clásicas, frutas y campanas y sietes, las que me recordaban a las máquinas de los bares de los ochenta cuando salía con mis amigos después del trabajo. También aprendí a no perseguir las pérdidas, que es el consejo más importante que me dio Valentina y que repito como un mantra cada vez que las cosas no salen bien: “Abu, si perdiste diez, no pongas veinte para recuperarlos porque después terminás perdiendo cuarenta”. Esa frase me ha salvado de hacer estupideces más veces de las que puedo contar, porque la tentación de querer recuperar lo perdido es muy fuerte, es como una vocecita que te susurra al oído diciéndote que esta vez sí, que esta vez la suerte va a cambiar, que solo hace falta un poco más. Pero yo, que he vivido suficiente para conocer las mentiras que nos contamos a nosotros mismos, aprendí a hacerle caso a Valentina en lugar de hacerle caso a esa vocecita.